Historias sembradas
Francy Lafaurie - Voluntaria
13 de septiembre de 2018
Bella Flor es un sueño cumplido, es la alegría y la emoción profunda de hacer lo que realmente te gusta, lo que te apasiona, lo que te llena de felicidad. Solo tengo palabras de agradecimiento para con la Fundación, los niños, sus familias, el equipo y por supuesto los voluntarios. Desde el 2012, cuando llegué, desprevenida y sin conocer a nadie, a una reunión para la navidad del Pollo en el Parque Simón Bolívar, ha sido una cadena de momentos especiales, sonrisas y retos.
Gracias, muchas gracias a cada uno de los niños por hacerme entender que para sonreír y gozarse la vida no se necesitan tantas cosas, ni lujos, ni títulos. A las mamitas de los niños, empezando por Doña Elvia y Carlotica, por recordarme que Colombia, a pesar de las dificultades, está llena de mujeres berracas y luchadoras. Mi admiración profunda y respeto para esas mujeres que he conocido en Ciudad Bolívar.
A los profes y voluntarios, personas de una calidad humana incalculable, todos tan diferentes, pero con el convencimiento y las ganas inmensas de compartir y de querer sacar lo mejor de esos niños maravillosos, gracias.
A las amigas que la fundación me ha dado durante estos años, gracias por construir este sueño juntas. Quizá, sin darse cuenta, me han llenado de ánimo y siempre han estado ahí cuando me siento medio cansada.
Sin duda alguna, Bella Flor me ha dado mucho más de lo que yo le puedo dar. Lo más importante, me ha enseñado que se vale soñar ... es solo cuestión de tiempo.
Carolina Guzmán - Fundadora
12 de septiembre de 2018
En los 11 años en los que participé activamente en la organización, pude hacer muchos sueños realidad. El primero, aportar a la sociedad apoyando a los niños de la comunidad a que vieran más allá de las fronteras físicas e imaginarias de su entorno, que soñaran, que aprendieran a trabajar disciplinadamente por sus sueños, a alcanzarlos y a verse y entenderse como seres libres y capaces de elegir su futuro. El segundo, cultivar relaciones excepcionales y de largo plazo con los niños, sus padres, los voluntarios y los profes. Relaciones únicas, guiadas por el amor, la gratitud, la excelencia y un genuino deseo de servir. El tercero, ver a la Bella Flor consolidada con el mismo espíritu de sus jóvenes fundadores cuando a sus 21 años creían que todo era posible.
Hoy la Fundación sigue siendo el testimonio de los sueños no solo de sus fundadores, sino de todos los voluntarios y colaboradores que han soñado el mismo sueño y que ilusionados por poder cumplirlo, han seguido dando vida a nuestra hermosa Fundación Bella Flor.
Danilo Guio - Voluntario
12 de septiembre de 2018
La primera vez que subí a la Fundación Transmilenio todavía era una novedad. La tarde en la que Sandra Polanía, voluntaria y fundadora, entró al salón de clase a hablarnos sobre la Fundación si bien me convenció de unirme a los voluntarios, se quedó corta al expresar todo lo que es la Fundación Bella Flor.
El primer recuerdo que tengo es llegar frente a la sede, la antigua, de la Fundación y verme rodeado de niños y niñas que sin conocerme, sin haberme visto antes se lanzaron a abrazarme y me recibieron como a uno de los “profes” que iban todos los sábados a jugar con ellos, me hicieron sentir en casa, como si regresara a un sitio en el que siempre se alegran de verme y donde siempre seré recibido con alegría.
Los “profes” con los que subí, a quienes después me uniría, se ganaron toda mi admiración y respeto. Eran personas tan jóvenes como yo lo era en ese momento, algunos menores, y su entrega, pasión, compromiso, y en especial el amor hacia esos niños y sus familias aun ahora mientras escribo estas líneas me conmueven y me forman un nudo en la garganta.
He conocido niños, niñas, jóvenes excepcionales; adultos que le ponen al corazón a lo que hacen. Mentes llenas de creatividad que por difíciles que sean las circunstancias encuentran la manera de conseguir sus objetivos. En todos estos años lo que más me ha marcado es que la Fundación es ese sitio donde un grupo de niños, sin razón distinta a la alegría de estar vivos se te lanza al cuello y te da un abrazo de bienvenida.
Catalina Hernandez - voluntaria
12 de septiembre de 2018
Pensar en una sola historia de la fundación es imposible. Yo llegué cuando estaba en sus inicios, discutíamos por horas miles de temas, la mayoría de los cuales apenas comenzábamos a entender. Imagínense un grupo de chicos entre los 18 y 21 años hablando de estatutos, recaudación de fondos y salvar la vida de mínimo 100 niños... eran horas y horas botando ideas, soñando por lo alto y pensando en estrategias. Sin embargo, en esa etapa, el día a día se movía con el dinero de nuestro propio bolsillo, por cierto, bolsillo de estudiante.
Ahora, con quince años más de vida, muero de risa pensando en las horas que pasábamos en Oma, éramos en promedio diez ‘gatos’, pedíamos dos aguas aromáticas y un tinto; así que ocupábamos una gran mesa durante horas, en el horario pico, y cuando traían la cuenta (ya las demás mesas tenían las sillas montadas patas arriba) pagábamos $5.000 pesos, y de la propina voluntaria ni hablar.
Los meses empezaron a transcurrir, lo mágico del asunto fue ver cómo se materializaban nuestros sueños, poco a poco entendimos cómo tocar puertas y cómo dejar que algunas oportunidades llegaran a nosotros solitas, solo dejando ver nuestra pasión. Nos convertimos en una hermosa red que atraía a todo tipo de seres humanos, cada uno entregó lo mejor y dejó entonces más recuerdos e historias. Por medio de los Rotarios, por ejemplo, conseguimos nuestra primera gran dotación física, no se imaginan la felicidad de entrar a una librería y comprar cuantos cuentos queríamos, mandar a hacer muebles y estantería, ¡comprar ollas y platos!. Un tiempo después un canal de televisión nos contacta porque quiere representarnos en el programa “Mira quién baila”. Asistir a un set de grabación para ver a dos artistas bailando por nuestros niños; en la final todos gritando y temblando, fue muy emocionante. De allí llegaron las primeras computadoras y la nevera - son miles de historias -.
Lo más hermoso de esta experiencia es que me dejó un grupo de amigos que hoy, quince años después, puedo decir que son mis amigos del corazón, con los que comparto mil historias más, mi mejor pago por cada segundo dedicado a nuestros niños.
Patricia Padilla - voluntaria
12 de septiembre de 2018
Todas las conversaciones me llevaban a Bella Flor. Cinco minutos eran suficientes para contarle a mi interlocutor sobre lo maravillosa que era esta experiencia, sobre los niños que me decían profe sin serlo, sobre los resultados muy grandes o a veces sobre los imperceptibles que solo la cercanía me hacía notar. Sobre la capacidad de hacerme reír, llorar y reflexionar sobre mis capacidades, todo en un mismo instante.
No había viaje en Transmilenio lo suficientemente lejos que me hiciera dudar “subir” a Bella Flor. Los paisajes inspiradores, los conejos, los pingüinos, las clases de arte y de baile eran mucho más especiales “arriba”.
Hoy estoy segura que Bella Flor me dio más de lo que yo le pude haber dado. Me enseñó sobre la realidad de miles de familias que habitan mi país y de sus historias de resiliencia increíbles y admirables. Me permitió construir una familia extendida del corazón. Me dio una causa que quince años después todavía siento mía e intento llevarla a cabo en todos los aspectos de mi vida profesional y personal.